¿Hasta dónde puede llegar una persona corriente cuando una figura con autoridad le pide hacer algo que entra en conflicto con su conciencia? El experimento de Milgram intentó responder a esa pregunta y acabó convirtiéndose en uno de los estudios más discutidos de la psicología social. Su procedimiento, sus resultados y sus problemas éticos ayudan a entender cómo funcionan la obediencia, la presión situacional y la responsabilidad individual.
La obediencia puede crecer paso a paso hasta superar los límites personales
- Objetivo: estudiar hasta dónde obedecían los participantes a una autoridad científica.
- Procedimiento: el supuesto profesor debía aplicar descargas de 15 a 450 voltios a un supuesto alumno.
- Resultado principal: 26 de 40 participantes llegaron al nivel máximo en la condición inicial.
- Explicación: la autoridad legítima, la progresión gradual y la responsabilidad desplazada favorecían la obediencia.
- Límite: el estudio fue influyente, pero su muestra, su artificialidad y su engaño dificultan generalizarlo.

Qué quería investigar Stanley Milgram
Stanley Milgram desarrolló sus estudios en la Universidad de Yale entre 1961 y 1963, en un periodo marcado por el debate sobre la responsabilidad de quienes obedecen órdenes destructivas. Su pregunta no era si las personas disfrutan haciendo daño, sino qué ocurre cuando una autoridad aparentemente legítima presenta una acción dañina como necesaria para cumplir una tarea.
El diseño se inspiraba en una cuestión histórica muy concreta. ¿Podían personas normales participar en actos terribles simplemente porque una institución, un superior o un experto se lo ordenaba? Milgram quería observar esa tensión directamente, en un entorno controlado y con decisiones que aumentaban de intensidad.
Yo creo que aquí está la primera clave para leer el estudio correctamente. No pretendía demostrar que la mayoría de la gente fuera cruel por naturaleza, sino que el contexto puede modificar la percepción de lo que una persona considera aceptable.
Cómo se desarrolló la prueba de obediencia
En la condición más conocida participaron 40 hombres adultos, reclutados para lo que creían que era una investigación sobre aprendizaje y memoria. Cada participante recibía el papel de “profesor” y debía hacer preguntas a un “alumno”, que en realidad era un colaborador del equipo de investigación.
Cuando el alumno respondía mal, el profesor debía pulsar un botón para administrarle una descarga eléctrica supuestamente real. El panel tenía 30 niveles, desde 15 hasta 450 voltios, y cada error exigía subir un escalón. Las descargas no existían, pero los participantes no lo sabían.
El momento decisivo llegaba a los 150 voltios
El alumno estaba en otra habitación y, a medida que aumentaba la intensidad, protestaba, gritaba y pedía que detuvieran la sesión. Al alcanzar los 150 voltios, afirmaba que ya no quería continuar y exigía salir. Ese punto era especialmente importante porque obligaba al participante a elegir entre la petición de la víctima y las instrucciones del investigador.
Cuando alguien dudaba, el experimentador utilizaba frases breves y estandarizadas, como “el experimento requiere que continúe”. Si el participante insistía varias veces en detenerse, la sesión terminaba. La autoridad no necesitaba gritar ni amenazar. Su bata, el prestigio de Yale y el tono profesional bastaban para crear una situación de fuerte presión.
| Elemento | Qué veía el participante | Qué significaba para el estudio |
|---|---|---|
| Profesor | La persona que pulsaba los botones | Representaba la responsabilidad directa de la acción |
| Alumno | Una víctima aparentemente sometida a descargas | Introducía el conflicto moral |
| Experimentador | Una autoridad científica que pedía continuar | Medía el peso de la legitimidad institucional |
| Escala eléctrica | 30 niveles hasta 450 voltios | Permitía observar una escalada gradual |
La fuerza del procedimiento estaba precisamente en esa progresión. Resulta más difícil identificar el momento exacto en que se cruza una línea cuando cada decisión parece solo un pequeño paso más allá de la anterior.
Qué resultados obtuvo y cómo deben interpretarse
En la condición básica, 26 de los 40 participantes, el 65 por ciento, llegaron al nivel máximo de 450 voltios. Los otros 14 se negaron a continuar antes de terminar la secuencia. Ninguna descarga era real, pero la angustia observada en muchos participantes sí lo era.
La cifra sorprendió porque, antes de realizar la prueba, estudiantes y profesionales consultados habían calculado que solo una pequeña minoría llegaría hasta el final. La predicción intuitiva era que casi todo el mundo se detendría al escuchar las primeras protestas. El resultado mostró que la obediencia podía mantenerse incluso cuando el participante manifestaba nerviosismo, sudoración o dudas.
Conviene no convertir ese 65 por ciento en una ley universal sobre la conducta humana. El porcentaje corresponde a una condición concreta, con una muestra pequeña y un entorno muy particular. Milgram realizó numerosas variaciones y la obediencia cambiaba cuando se modificaba la cercanía de la víctima, la presencia de otros participantes o la autoridad del investigador.
Por ejemplo, cuando la víctima estaba más cerca, era más difícil continuar. Cuando otros supuestos profesores se negaban a seguir, también aumentaba la resistencia. Ese detalle me parece más útil que la cifra aislada: la obediencia no era fija, sino sensible a la estructura social de la situación.
Por qué tantas personas siguieron adelante
La autoridad parecía legítima
El experimentador trabajaba en una universidad prestigiosa y hablaba con seguridad. Para el participante, aquello no era una orden de un desconocido en la calle, sino una instrucción procedente de alguien que parecía responsable de una investigación científica. La institución aportaba una sensación de legitimidad y reducía la percepción de riesgo.
La responsabilidad parecía estar en otra parte
Milgram llamó estado agéntico a la situación en la que una persona deja de verse como autora principal de sus actos y se percibe como instrumento de una autoridad. El participante seguía pulsando el botón, pero podía pensar que el verdadero responsable era el investigador que había diseñado el procedimiento.
Eso no elimina la responsabilidad moral, pero explica por qué muchas personas describían una experiencia de conflicto. No actuaban necesariamente con indiferencia. A menudo parecían tensas, incómodas y preocupadas, pero continuaban porque entendían que el científico debía hacerse cargo de las consecuencias.
La escalada gradual hacía más difícil retirarse
Nadie empezaba administrando una descarga de 450 voltios. La primera decisión parecía casi inocua y cada aumento se presentaba como una continuación lógica. Cuando alguien ya había aceptado varios pasos, detenerse podía sentirse como romper una regla, admitir un error o poner en cuestión todo lo ocurrido.
En mi lectura, este mecanismo tiene una aplicación cotidiana muy clara. En una empresa, una comunidad o un grupo de amigos, los problemas serios no siempre comienzan con una petición extrema. Pueden aparecer como pequeñas concesiones sucesivas que normalizan algo que al principio habría parecido inaceptable.
La falta de apoyo favorecía la conformidad
El participante estaba prácticamente solo frente al experimentador. No tenía a otra persona que confirmara que sus dudas eran razonables. Cuando existen aliados que expresan desacuerdo, la autoridad pierde parte de su poder y resulta más fácil detenerse.
Por eso, la lección práctica no es simplemente “no obedezcas”. También consiste en construir espacios donde alguien pueda preguntar, disentir y pedir una segunda opinión sin ser castigado. La presencia de apoyo social puede cambiar una decisión tanto como la fuerza de voluntad individual.
Qué críticas recibe el estudio y qué enseñó a la ética
El procedimiento planteó problemas que hoy serían muy difíciles de aceptar. Los participantes fueron engañados sobre el objetivo real, creyeron que podían estar causando un daño grave y sufrieron una tensión emocional considerable. Además, aunque podían abandonar, las frases del experimentador podían hacerles sentir que retirarse no era una opción legítima.
Las normas actuales de investigación exigen consentimiento informado, derecho real a retirarse, evaluación independiente de riesgos y protección del bienestar de los participantes. Un estudio idéntico tendría pocas posibilidades de superar un comité de ética contemporáneo, tanto en España como en otros países con sistemas consolidados de revisión científica.
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Los límites metodológicos también importan
La muestra original estaba formada por hombres de una zona concreta de Estados Unidos. No permite afirmar que todas las culturas, edades o grupos sociales responderían igual. El laboratorio tampoco reproduce por completo una situación de guerra, una institución autoritaria o una relación laboral.
Otra objeción es que algunos participantes pudieron sospechar que las descargas eran falsas o interpretar el escenario como una actuación. Las revisiones de materiales de archivo han cuestionado además si el experimentador siguió siempre el mismo guion y si todos los participantes creyeron realmente que el alumno sufría.
En 2006, Jerry Burger realizó una réplica parcial con 70 adultos y detuvo el procedimiento en el punto de 150 voltios para reducir el riesgo. El 70 por ciento continuó más allá de ese nivel. El dato sugiere que la presión situacional seguía siendo potente, pero no permite comparar directamente ese porcentaje con el 65 por ciento de la prueba original, porque los diseños y los límites eran distintos.
Estas críticas no vuelven irrelevante el trabajo. Lo que hacen es obligarnos a formular una conclusión más precisa. El estudio ofrece evidencia sobre cómo una autoridad, un entorno institucional y una escalada gradual pueden favorecer la obediencia, pero no demuestra que las personas obedezcan ciegamente en cualquier circunstancia.
Cómo aplicar esta lectura a la vida cotidiana
El valor actual del paradigma de Milgram está en reconocer las señales que suelen preceder a una obediencia problemática. Cuando alguien invoca su cargo para cerrar una discusión, presenta la duda como incompetencia o divide una acción dañina en tareas pequeñas, conviene detenerse y revisar quién decide y quién asumirá las consecuencias.
- Pide una justificación concreta y no aceptes “porque lo ordena alguien importante” como respuesta suficiente.
- Separa la autoridad del argumento. Una persona experta puede equivocarse y una institución prestigiosa no convierte cualquier instrucción en correcta.
- Define un límite antes de empezar, sobre todo si la tarea puede aumentar gradualmente en riesgo o gravedad.
- Busca una segunda opinión cuando notes presión, culpa o miedo a decepcionar al superior.
- Reparte la responsabilidad con claridad y deja constancia de quién propone, quién ejecuta y quién revisa la decisión.
Para mí, la enseñanza más útil aparece en la combinación de autonomía y conversación. No basta con confiar en que uno mismo “jamás obedecería”. Es más sensato preparar preguntas, límites y apoyos que hagan posible decir que no cuando la presión ya está en marcha.
La lección que permanece detrás de los botones
El estudio de Yale sigue siendo inquietante porque no presenta la obediencia como un rasgo reservado a personas crueles. Muestra cómo una situación cuidadosamente construida puede empujar a alguien normal a actuar contra sus propios valores, aunque también revela que la cercanía del daño, el apoyo de otros y la posibilidad de cuestionar la autoridad favorecen la resistencia.
La mejor conclusión no es que todos seamos obedientes ni que todos seamos moralmente invulnerables. Es más incómoda y más práctica: nuestras decisiones dependen de la situación tanto como de nuestras convicciones. Reconocer esa influencia permite diseñar mejores instituciones, proteger a quienes participan en investigaciones y conservar la capacidad de detenerse antes de que un pequeño paso se convierta en una decisión imposible de deshacer.